Esta mañana, durante el recorrido habitual que hago para
llegar a la Universidad, escuché hablar en el metro a dos jóvenes que iban
junto a mí, dejar de escucharlos se hizo ineludible debido a que el volumen de
su voz era alto. Su registro lingüístico era informal, por lo que me dio a
entender que la relación que tenían estos dos jóvenes era muy cercana, pues el
parlache fue su vía de comunicación; debo precisar que no entendí muchas de sus
expresiones. La expresividad corporal que manejaban era asaz espontánea, lo
cual me divirtió mucho y entretuvo mi viaje para así hacerlo más corto.
Uno de sus tantos temas de conversación cobijó a sus
profesores de noveno del año pasado. Al parecer, uno de estos jóvenes no tuvo
mucho éxito académicamente ni personalmente con respecto a la relación o vínculos
que estableció con ellos en un colegio x de la ciudad; no memoricé el
nombre. Algunas de las expresiones que
utilizó quien tuvo la experiencia fueron: “ese cucho era mera cuchilla, solo le interesaba corchalo a
uno”, “yo nunca entendía nada, por eso me aburrí y empecé a ser indisciplinado.
Entonces me la montó y perdí la materia, pero cuando la reforcé, le puse toda
la moral pa ganar eso y el man me puso dos punto cinco pa jodeme la vida, dizque eso estaba
malo, fue lo que dijo”.
En ese momento dejé de escucharlos con atención porque
dentro de mí empezaban a deambular ciertas inquietudes sobre ese tipo de
maestros: ¿para qué tiene un maestro conocimiento si no le sabe llegar al
estudiante? ¿cómo tener calidad educativa si los profesores no entienden la realidad
de sus estudiantes? ¿cómo pueden ser tan distantes los caminos o los rumbos de
un estudiante y un maestro? Pues los propósitos de los estudiantes van por un
lado y los de los maestros van por otro, y estos últimos, ¿no deberían ceñirse
más a encauzar los proyectos de sus alumnos?...
En fin, cuando volví a escuchar la conversación habían
avanzado un poco más, pues el chico comparaba a los profesores que tuvo en el
grado noveno y los que tiene ahora. Inferí de inmediato que se había cambiado
de colegio y sí, pues esto fue lo que advirtió: “…nooo parce, ahora que estoy
en el Ferrini veo que las cosas son muy diferentes. Los profesores lo respetan
más a uno, lo consideran más, nunca lo tratan mal y comprenden mucho, pero eso
es porque uno paga. Eso es lo bueno de los colegios privados, es porque uno
está pagando, si no me tratarían igual que en el otro…”
En ese momento el metro se detuvo en la estación San Antonio. No
obstante, debía abandonar el vagón y la conversación para abordar la línea B del metro. Precisamente escribo esto porque esta situación me hizo pensar en muchos
asuntos: aparte de la experiencia tan degradante que los jóvenes abarcaron de sus profesores de un colegio oficial, también me hizo pensar en la manera como el habla se
caracteriza por ser tan espontánea, ya que no se planea como debe hacerse en la
escritura. Eso la hace majestuosa puesto que ese acto se hace necesariamente
correcto porque cada quien habla como puede.