Me genera cierta
curiosidad que el asunto que ha tomado gran relevancia para la sociedad colombiana en los últimos
días, gire en torno al tema del plebiscito por la paz, por lo que ha impactado las formas
de pensar de los colombianos. Pero más me ha asombrado que después de que éste
tuvo lugar el día dos de octubre, y se dieron a conocer los resultados del
mismo, las discusiones estallaron con más potencia aun cuando antes del plebiscito se hacían debates, campañas y
se promovía por una posición en pro o en contra de éste y no hayan surgido reacciones tan fuertes. Hoy, todos hablan del
tema; en las esquinas, en los negocios, en las empresas, en los paraderos de
buses, en el metro, en los colegios, en las Universidades, en los hospitales,
en todos los lugares, con o sin dominio,
pero hablan, hasta tal punto de ocasionar disputas o altercados por defender
una postura.
No intento estimar
que eso sea bueno o malo, pues el problema no es que la gente hable, el
problema radica, principalmente en el respeto hacia el otro, pues se ha hecho
bastante complicado habitar en un mundo que no acepta y no tolera la diferencia
¿Cómo es posible una convivencia así? Mientras se considere que lo propio es lo
único verdadero, nunca la escucha tendrá su merecida parte para la construcción
de una mejor significación de las cosas. Lo que intento declarar aquí es que la
escucha permite entender que hay otros horizontes, que también pueden o no tener
sentido, y ésta se da cuando se respeta al otro.
La claridad que puedo
hacer frente a este asunto que ha tomado un rol activo desde todos los ámbitos, es
que se habla y se habla, pero no se escucha.
No significa ser ignorante o violento el que piense
distinto.
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