Un día claro y el
cielo azul, después, una noche oscura y el cielo estrellado; un intenso día.
Casi media noche, la
travesía, iluminada por la luz radiante de la luna, hija de la noche.
El caminante, emprendido
por un nuevo rumbo: temeroso.
Acogido, pero desvelado
por las frías sombras de la oscuridad, cautivadas por el sereno fresco, relente de la noche.
El descanso perdido,
ahora ahogado por su silencio sin respuesta.
Su partida, muda y sin
resuello alguno; ni una palabra, ni una
carta.
Pero su mirada,
inquietante, y a su vez tan penetrante.
Los ruidos de su ser, explosivos escandalosos.
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